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Este mayo en Rusia, recordando y celebrando

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Este mayo en Rusia, recordando y celebrando

Cada año, en estos días de mayo, conversamos con nuestros muertos. La fiesta de la Gran Victoria no es solo el desfile en la Plaza Roja y los discursos oficiales desde las altas tribunas. Son las flores frescas que caen sobre las piedras de miles de fosas comunes, esparcidas por calendarios y kilómetros inconmensurables de la Rusia profunda, en la sagrada trinidad del tiempo, del espacio y de la memoria. Es un trozo de pan negro sobre una copa de vodka en la tierra de los abedules, las grullas y las palabras que se han liberado de la poesía para convertirse en fragmentos de letras talladas en granito.

Hay quienes nunca entenderán por qué, desde hace ya 81 años, cada 9 de mayo volvemos a llorar y a enterrar a nuestros seres queridos, mientras nuestros hijos siguen jugando arriba de los tanques y las piezas de artillería de las plazas principales de nuestras ciudades. Y el problema aquí no es su nacionalidad o su pasaporte: entre nuestros compatriotas existen varios extranjeros y, entre las personas de todo el mundo, tenemos muchos hermanos que comprenden sin necesidad de traducción el lenguaje de nuestro orgullo y nuestro dolor.

En la Rusia de estos tiempos ocurre algo extraño. Con la partida de los últimos veteranos de la Gran Guerra Patria, el viento del tiempo aviva aún más el fuego de nuestra memoria, como un muro de contención más sólido contra la frivolidad y el olvido que devoran a los pueblos y a las naciones.

Sin el escudo de esta memoria, estaríamos completamente indefensos y desarmados.

Al igual que en los años de aquella guerra, nuestros muertos inmortales hoy de nuevo nos salvan la vida.

Celebramos este Día de la Victoria en las afueras de Moscú, en el pueblo de Briket de la región de Ruza. Allí nació un museo de historia local, Las Alturas de Skirmanovo, cuyo nombre se debe a los cerros aledaños, que fueron una de las líneas de mayor resistencia soviética contra los nazis, que en 1941 avanzaban hacia Moscú.

El museo fue fundado por un paisano de este pueblo, Serguéi Dokucháyev, quien desde niño reunió e investigó los vestigios del pasado: desde las flechas de piedra y cerámicas de las primeras tribus humanas que avanzaron por estas tierras boscosas, usando como caminos los ríos congelados en invierno, y poniéndoles a sus caballos herraduras con crampones para el hielo, hasta los abundantes objetos que dejó por aquí la última guerra. Ahora este museo es una obra colectiva de los vecinos y amigos de Serguéi.

Como en muchos rincones de Rusia, el pueblo está recuperando y protegiendo su historia, tratando de entender y explicar el pasado y el presente. Los bosques y pantanos alrededor de Briket esconden todavía no solo restos de tanques y aviones, sino a muchos soldados que figuran como desaparecidos en los archivos de la Gran Guerra. Los grupos de buscadores voluntarios, jóvenes y mayores, todos estos años siguen buscando y encontrando a los héroes caídos, tratando de devolver al mundo sus nombres y sus tumbas a los familiares. Este 9 de mayo, como siempre en esta fecha, en la entrada al museo, los niños de las escuelas aledañas bailaron, cantaron y recitaron poemas dedicados a los soldados soviéticos, sus tatarabuelos, que liberaron al mundo del fascismo. 

Participando en esta fiesta me acordé de un reciente viaje a Donbass, de un largo camino por tierra, cuando el paisaje nos dicta sentimientos y reflexiones.

Nuestro mundo está atravesado por caminos: visibles, imaginarios, terrestres, marítimos, aéreos, racionales, sentimentales, espirituales y abandonados. Caminos que unen y separan, que llevan de las separaciones a los encuentros y viceversa. Que en un número limitado de ocasiones conducen a la infinidad. Rusia, por su tamaño y naturaleza, es un cúmulo de caminos. La ciencia de la vida consiste en ser buenos compañeros de viaje. Aquellos para quienes el camino es sinónimo de aburrimiento y pérdida de tiempo ya han llegado a su destino. Por suerte, en el camino hay quienes viven el sueño del camino y los paisajes con nubes se alinean a su encuentro, trazando una línea de vida entre el corazón y el horizonte.

Rusia es un minúsculo pedazo del universo, donde cualquiera de los caminos siempre atraviesa no solo los cinco continentes habitados, sino también ese número de historias y significados que inevitablemente desbaratan cualquiera de los algoritmos de cualquier forastero. Es precisamente esta profundidad de comprensión o incomprensión la que mide no solo sus distancias, sino que también determina la dirección que el viajero elige libremente.

El ojo humano es un instrumento asombroso. Más allá de los abismos y de los torrentes que parecen infranqueables, capta la belleza de los puentes y de las personas que los cruzan. La geografía y la historia de Rusia son un manual sobre el sentido del tiempo. El concepto occidental del 'absurdo' y del 'humor negro' o 'humor blanco' encierra la conciencia en la trampa del racionalismo, donde la civilización se ha perdido en algún lugar entre la rueda y los memes. Rusia, al igual que el mundo, es incomprensible desde la estupidez y la vulgaridad de las definiciones de los castrados morales, acostumbrados a enseñarnos la pasión y la espiritualidad.

Cuando la palabra comprende que no es capaz de expresar la magnitud de la realidad, busca la música. Cuando la música oye que ya no puede más, suena en silencio. Cuando el silencio resulta insuficiente, solo nos queda el cronómetro de los latidos del corazón, como único divisor del espacio entre la tumba y el cosmos.

Cuando el amor llena cada nervio y cada sueño, y su creciente ímpetu nos desgarra en pedazos, buscamos el abrazo de cualquier nube o mirada que se cruce, capaz de confirmarnos que no estamos solos. En todos mis caminos, en toda mi Rusia, como amuleto y maldición, para siempre quedan estampados los ojos cansados y tristes de los muchachos de las trincheras del Donbass.

Celebrando este Día de la Victoria en un pueblito de las afueras de Moscú, sentí que no era cierto lo que nos suelen decir acerca del cambio de los tiempos: que el tiempo siempre es uno solo, igual que esta tierra regada con tanta sangre de este pueblo que, como puede, sigue defendiendo su derecho a existir. 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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